miércoles, 9 de noviembre de 2011

Stephan

Stephan se alegró de meterse en la ducha por dejar de escuchar la incesante monserga de sus padres sobre que durante ese año debía mejorar las notas, que debía apuntarse a más actividades extraescolares y olvidarse de las chicas.
Suspiró mientras se miraba al espejo empañado del baño. Nunca era lo suficientemente inteligente, rápido, bueno, organizado, buen hijo… nada. Todos los años empezaba el curso sometido a la misma presión, y siempre acababan quedándole varias asignaturas. En los único aspectos en los que sobresalía, que eran en baloncesto y el fútbol, también era un desastre, según la experta opinión de su padre. Nunca encestaba las suficientes canastas ni marcaba los goles necesarios. La victoria nunca es suficiente, repetían una y otra vez. Tienes que destacar. Ser el mejor.
Le sorprendía que dos personas que se odiaran tanto entre sí pudieran ponerse de acuerdo para incordiar así.
Sea como fuere, al final se las arreglaba para pasar de curso y no perderse ningún partido. Ni perder ningún partido. Pero claro, Axel Wright siempre era mejor en todo. Notazas. El mejor en todos los deportes. Menos en el baloncesto, gracias a Dios.
Lo odiaba. A sus padres, al fútbol, a Axel Wright y al instituto. Pero qué decir, ya estaba acostumbrado.
Desempañó el espejo y un joven de dieciséis años, de pelo negro azabache y ojos azules, alto y atlético, pero con unos ojos sin vida, le devolvió la mirada.
Se puso los vaqueros, una camisa blanca y un jersey azul y bajó las escaleras.  En la cocina estaban sus padres desayunando. Él leía el periódico con calma, trajeado. Ella tomaba un café de pie mientras veía el canal del tiempo. Tal para cual.
- Oh, por Dios, Stephan…- musitó su madre nada más verlo-. ¿Y esos pelos? Estás horrible.
“No me digas”, pensó él.
- Corre y ve a cambiarte. ¿Vaqueros oscuros con un jersey azul marino? Ponte el jersey naranja.
Stephan suspiró y obedeció.
Una vez se cambió, no bajó inmediatamente, sino que se sentó en la cama y miró por la ventana. Vivía en un utópico vecindario, de esos en los que alguien controla que el césped mida cuatro centímetros, los setos estén bien podados y las casas bien pintadas. De esos en los que viven familias perfectas y radiantes. Era irónico que en el fondo, toda esa perfección fuera un espejismo, y que en realidad nadie fuera realmente feliz. No le sorprendió comprobar lo mucho que odiaba su vida.
Con el mayor sigilo que pudo, cogió su mochila, bajó las escaleras, dejó una nota en el espejo del recibidor y se fue; ese día pasaba de desayunar. Cualquier cosa con tal de alejarse de aquella farsa.

1 comentario:

  1. El típico mundo lleno de hipocresía, donde tu vida está controlada milímetro a milímetro y no puedes hacer lo que deseas de verdad. Esos son los peores mundos, y es una pena que aún existan, cuando todos deberían ser libres para cumplir sus sueños. Yo no me hubiera cambiado de suéter jajaja. Me encanta, besos!! :D

    ResponderEliminar